EL DESENCANTO ES UN INSTANTE ENTRE DOS ESPERANZAS. Manuel Scorza en el devenir de las ideas antiimperialistas y los ideales revolucionarios

 

Kevin Rodríguez Sánchez[1]

karsunmsm@gmail.com


Goodbye míster Haya!

“Señor Víctor Raúl Haya de la Torre, jefe del Partido Aprista Peruano. Considere usted la presente carta como mi renuncia irrevocable al Partido Aprista. He aquí las razones...” (Scorza, 1954, recogido en Guadalupe, 2013 p. 83) Con estas palabras, en 1954, el escritor peruano Manuel Scorza, concluía su partidismo aprista de alrededor de una década. En su tesis, no era él quien se distanciaba de las proclamas antiimperialistas del APRA, era Haya de la Torre quien ahora se ubicaba en las antípodas del programa que un día defendió con vehemencia. “Aquí se separan los caminos. Ha llegado, pues, el momento de despedirse: ¡Goodbye míster Haya!” (Ibíd., p. 89).

Scorza, nacido en Lima en el año 1928, cuatro años después de la fundación del APRA, creció, se educó y formó parte de una generación marcada por el acento de los primeros imaginarios antiimperialistas. Que su formación secundaria se haya dado en el reconocido colegio militar Leoncio Prado no lo excluyó de ese clima político. Todo lo contrario, fue el escenario adverso para tal afirmación. En contra de la profecía que todo aquel graduado con honores de dicho colegio está condenado a seguir estudios en la Escuela Militar de Chorrillos, y más adelante, a consumarse como general, Scorza optó por las letras. Como expresa en una entrevista realizada por Roland Forgues en 1983:

“Lo que sucede es que somos como los astros, o como los barcos, que el más pequeño cambio de timón los lleva a destinos completamente diferentes al que buscaban. En el mar, como en la vida, un ligero cambio de ruta es fatal o vital” (recogido también de Guadalupe, 2013, p. 137).

Ese cambio de timón fue la biblioteca: “la culpable de que los mejores alumnos desertaran de la vocación militar” (Ibíd, p. 133) El azar fue entonces toparse con el libro Mis universidades de Máximo Gorki que acabó por convencerlo de que la carrera castrense no era para él. Luego siguieron las lecturas de los novelistas rusos, Balzac y Flaubert, con quienes descubre que entre la literatura y la política “hay un vínculo invisible pero muy fuerte” (Ibíd, p. 134).

Aunque Scorza asistía a una época distinta, la influencia de los elementos del primer antiimperialismo seguía determinando gran parte de los sistemas de pensamiento de las décadas posteriores a los años veinte. Más que un corpus ideológico limitado al rechazo de todo objeto que proviniese de Estados Unidos -el nuevo centro del capitalismo mundial- el antiimperialismo estuvo “cargado de diversos acentos y valencias” ocupando los diversos ámbitos de la política, cultura, ejercicio intelectual, economía, arte, etc. De modo tal que “se mostró como una categoría omniabarcativa y de poderosas capacidades heurísticas” (Bergel, 2011, párr. 5). Entre los elementos que lo componían resalta el rechazo al expansionismo de Estados Unidos que, tras la guerra hispano-norteamericana, impuso en la Constitución Cubana de 1901 la famosa Enmienda Platt, la cual la habilitaba a intervenir militarmente en la isla. 

En efecto, la Doctrina Monroe retomada durante el gobierno de Theodore Roosevelt, tenía como corolario la frase de “América para los americanos” -o, mejor dicho, para los norteamericanos- y fue la excusa político-ideológica para ejercer un control policial sobre cualquier nación que actuara “incorrectamente”.  Bajo la política de Big Stick o del Gran garrote, Estados Unidos supo controlar militar y económicamente las naciones de Haití, República Dominicana, Guatemala, Honduras, Costa Rica y Panamá, invadidos por su marina de guerra a lo largo de las dos primeras décadas del siglo XX.  Sin embargo, estos hechos suscitaron también -y aquí un segundo elemento antiimperialista- una contrapuesta defensiva planteada en la unidad latinoamericana.

Ya a mediados de los años 20 estaba completamente instalado el antiimperialismo como un rasgo de la cultura latinoamericana, sustentada más aún, por el avance de empresas y capitales norteamericanos en rubros que menguaban las soberanías nacionales, como la explotación petrolera. Es en este escenario donde emergen entidades intelectuales y políticas que intentan sistematizar sus componentes otorgándoles además un carácter organizativo, tal como la Unión Latinoamericana, liderada por José Ingenieros y Alfredo Palacios en Argentina, la Liga Antiimperialista de las Américas en México, o la Alianza Popular Revolucionaria Americana (APRA) fundada por Victor Raúl Haya de la Torre que hizo lo propio desde Perú y se constituyó como un movimiento político radical de magnitud internacional (Ibíd, párr. 14).

“¿Qué es el APRA?”, se preguntaba Haya de la Torre al empezar su manifiesto en El Antimperialismo y el APRA, e inmediatamente respondía: (es) “La organización de la lucha antimperialista en la América Latina por medio de un Frente único internacional de trabajadores manuales e intelectuales”, cuyo “programa máximo” planteaba la “acción contra el imperialismo yanqui”, “la unidad política de la América Latina”, “la nacionalización de tierras e industrias”, “la internalización del Canal de Panamá” y “la solidaridad con todos los pueblos y las clases oprimidas del mundo” (Haya de la Torre, 1978, p. 11-12). En consecuencia, el rol aprista era llevar a cabo una lucha contra el poder político del Estado -entendido como instrumento de opresión de una clase sobre otra- y, contra las clases gobernantes para la captura del poder por parte de los propios productores y su consecuente socialización. 

Estas premisas fueron seductoras para Scorza que, en el ocaso del primer gobierno de Manuel Prado Ugarteche a mediados de la década del 40, no solo descubría su inclinación literaria, sino que radicalizaría su actividad política integrando una de las células clandestinas del APRA, una acción sumamente riesgosa para un estudiante del Colegio Militar Leoncio Prado, ya que podía ser tomada como un propósito subversivo o una amenaza directa contra las Fuerzas Armadas. Como el propia Scorza manifiesta:

“Yo entré al APRA porque tenía una visión mitológica de ese partido, una visión que no correspondía a la realidad. Yo creía que el APRA iba a hacer una revolución. Esa fue la razón por la que entré al partido de Haya de la Torre” (Guadalupe. Op. Cit., p. 140).

“Yo, como miles de jóvenes, llegué al aprismo porque creía que era sinónimo de una revolucionaria aspiración de justicia; creí, de buena fe, luchar por un ideal nacional latinoamericano, es decir, antiimperialista” (Ibíd., p. 85).

Pero ¿en qué momento empezaron a bifurcarse los caminos de Haya de la Torre y Scorza? Tres anécdotas trascendentes son las que él refiere como momentos tempranos en que su militancia aprista empieza a resquebrajarse. La primera fue durante la revolución aprista de 1948, cuando en su condición de ex alumno del Leoncio Prado, estuvo a cargo de la operación que debía hacerse de novecientos fúsiles aguardados en su interior. Sin embargo, Scorza se sintió abandonado en el puesto de lucha y traicionado por la dirigencia aprista cuando, en un momento decisivo, desistieron de dar la orden para su ejecución. El segundo desencanto ocurrió también cuando el movimiento planeaba asaltar la Escuela Militar de Chorrillos y nuevamente la dirigencia aprista renunció a dicho operativo y; el tercero, sucedió cuando, estando en prisión, un compañero aprista que era el único médico de todos los detenidos, le negó atender su fuerte ataque de asma por ser de tendencia opuesta. Sobre esta última anécdota expresa: 

“Ese fue para mí uno de los golpes más terribles que he recibido en mi vida. Se me quebró el mundo de la patria unida. Me pareció que ya no tenía sentido hacer una revolución. Si un compañero de partido no había querido ayudarme cuando me estaba ahogando, qué podía esperar. Entonces empecé a convertirme en un hombre solo” (Ibíd., 140).


(Integrantes del llamado grupo "Poetas del Pueblo" junto a Haya de la Torre. De izquierda a derecha : Luis Carnero Checa, Guillermo Carnero Hoke, Eduardo Jibaja, Alberto Hidalgo, Gustavo Valcárcel, Víctor Raúl Haya de la Torre, Alberto Valencia, Antenor Samaniego, Manuel Scorza, Julio Garrido Malaver, Ricardo Tello y Mario Puga. Recuperado de: Blogspot Punto de Vista y Propuesta)

Sin embargo, no sería hasta 1954 que Scorza hace formal su renuncia al APRA, cuando escribió la misiva que aludimos al inicio de este trabajo. Más allá de las traiciones personales, sus razones eran ahora de carácter ético y político. Ya no reconocía al Haya de la Torre que un día abogó por el marxismo y la lucha de clases como expresión del proceso de la historia. No era solo él, sino una lista más o menos larga de intelectuales exiliados que tomaban partido por abandonar las filas de aprismo. En una anécdota que cuenta Manrique (2009) , por ejemplo, se lee:

“Víctor Raúl Haya de la Torre y el poeta Juan Gonzalo Rose se encontraron en un evento social. Rose sufrió persecución, cárcel y exilio en su juventud por su militancia aprista y después terminó apartándose del partido, como muchos otros intelectuales en los años cincuenta, debido a los virajes ideológicos del Apra. «¡Usted fue aprista!», le recordó Haya de la Torre. «¡Usted también!», le respondió Rose” (p. 11).

En su carta de renuncia, Scorza traía a referencia los comentarios desbarrados que Haya de la Torre había declarado en diversos medios por entonces: 

“Creo que la democracia y el capitalismo brindan la solución más segura a los problemas mundiales, a pesar de que el capitalismo todavía tiene sus fallas” (Guadalupe. Op. Cit., p. 83

“Yo no tengo miedo al imperialismo de Wall Street, porque nos adiestra; sino al imperialismo de Hollywood, porque ese nos corrompe. Lo grave no es el poderío de los pueblos grandes, como los Estados Unidos, sino nuestro complejo de inferioridad”. (Ibíd., 85)

“Hay que dejar participar a los capitalistas extranjeros en la dirección de la economía nacional” (Ibíd., 86).

Scorza trataba entonces de mantener una posición consecuente con los principios antiimperialista del APRA –aunque para ello debía renunciar a ser aprista- que Haya de la Torre había desvirtuado en vista de su ahora inclinación por el capital estadounidense y por ende, de su renuncia a cualquier camino revolucionario: “Creer que el hambre, la miseria, la pobreza de América Latina pueden solucionarse sacando a los capitales debajo de la mesa (...) es algo peor que una simple mentira: es una interesada estupidez” (Ibíd., 88). Por tanto, extrañado se preguntaba: “¿Qué ha sucedido entre 1924 y 1954? ¿Que ha sucedido que justifique tan rotunda negación? ¿Desapareció el peligro que nos acechaba en 1924? Por supuesto que no” (Ibíd., 86). Su renuncia era al héroe devenido en villano, más no a la fantasía “El fracaso de Haya de la Torre es el fracaso de un hombre, no de un pueblo” (Ibíd., 88). Quedaba revelado, entonces, el fraude apostólico de Haya de la Torre y de “la dirección burguesa” del partido que llevó al aprismo a la derrota. 

Por tanto, impertérrito permanecía el antiimperialismo de Scorza que, más allá de ser una alternativa entre varias, era un principio ético incuestionable e irrenunciable, una lógica máxima que obligaba siempre una toma de posición: o se está a favor o en contra de la amenaza norteamericana.  Al final de su carta, sentenciaba la sola posibilidad de dos caminos para la América Latina: “Ante el porvenir de nuestros pueblos se abren dos perspectivas: o la revolución antiimperialista o la esclavitud colonial. Vivimos una revolución mundial ¿Es posible negarlo? Esto es el fin de una época” (Ibíd.).

Literatura y horizonte revolucionario

A mediados de la década del cincuenta y tras su renuncia al APRA, surgía un nuevo Scorza, aquel que, además de su labor literaria y revolucionaria, se mostraba ahora vuelto hacia los hechos sociales, principalmente hacia las rebeliones campesinas que ocurrieron en la sierra central del Perú. Más tarde, en el año de 1963, Fernando Belaunde Terry se convertía en presidente del Perú, mientras que el Parlamento pasó a estar dominado por la coalición APRA-Unión Nacional Odriistas, -sí, este último liderado por Manuel Odría quien en 1948 puso fuera del orden legal al partido aprista, siendo el mismo Scorza expulsado del país-. Este hecho, fue decisivo para que Scorza aniquile por completo cualquier relación que aún mantenía con el APRA y se embarque por el nuevo camino de la militancia de izquierda: “Entonces cuando en 1963 rompo definitivamente con el APRA, ya estaba preparado para un camino militante en la izquierda. Y este es un camino arduo…” (Ibíd., p. 140-141).

De la penúltima cita de Scorza que traíamos a colación, pusimos en cursivas “Esto es el fin de una época”, porque a decir verdad, diversos acontecimientos históricos sucedieron en los así llamados países del “Tercer Mundo” marcando un quiebre con las primeros entusiasmos antiimperialistas de las décadas anteriores; en todo caso, comenzaron a materializarse renovados ejemplos de lucha contra el intervencionismo imperialista y los rezagos del colonialismo que hicieron mucho más palpables los proyectos revolucionarios en América Latina.

Una época, según define Claudia Gilman (2003), es una cesura determinada por las condiciones en que surge un nuevo objeto de discurso o, mejor dicho, es “el campo de lo que es públicamente decible y aceptable -y goza de la más amplia legitimidad y escucha- en cierto momento de la historia. Más simple aún: “que no se puede hablar en cualquier época de cualquier cosa” (p. 36). Con dicha definición, intentaba contraponer el significado de época como un momento de la historia, a la que usualmente se le había otorgado: como un lapso temporal delimitado por fechas exactas. La época de los “sesentas”, como generalmente se ha denominado, no es el intervalo entre dos años terminados en 0, sino que es aquel intervalo reconocible por diversos eventos mundiales al calor de la esperanza revolucionaria y la valoración política, y como la autora calcula, se extiende desde el fin de la década del cincuenta hasta mediados de la década del setenta (Ibid., p. 37).

A saberse: La guerra de Vietnam, La Revolución Cubana, las luchas por la descolonización en África, entre otras manifestaciones de rebeldía social, pintaban un panorama favorable para pensar que la vanguardia de los procesos históricos se situaba en el hemisferio sur y que un desenlace revolucionario era inevitable. La época del sesenta/setenta como Gilman sugiere, conlleva el surgimiento y ocaso de la creencia de que “la historia parecía ineluctable, y su modo de temporalidad se expresaba por la emergencia de tiempos rápidos, cuya mejor metáfora es la del carro furioso de la historia, que atropella a los tibios en su inevitable paso” (Ibíd.) Recordemos lo que decía Scorza: “Ante el porvenir de nuestros pueblos se abren dos perspectivas: o la revolución antiimperialista o la esclavitud colonial…” (Guadalupe. Op. Cit., p. 88).

Para este periodo también cobraron sentido nuevas dicotomías nominales que daban cuenta de otros tipos antagonismos más allá de la tradicional estructura de lucha de clases. De esta manera, se enriqueció el lenguaje político y militante con nuevas nomenclaturas en función de díadas como: naciones opresoras/naciones oprimidas, naciones desarrolladas/naciones subdesarrolladas, centro/periferia, industrialismo/dependencia, países de primer mundo/ países del tercer mundo, entre otros (Gilman. Op. Cit., p. 46-47).

Tomando en cuenta las efervescencias de esta época, cobra sentido el viraje del “nuevo” Scorza que encontró en las rebeliones campesinas peruanas de fines de la década del 50 e inicios de la década del 60, los eventos donde dar sustento a su actividad política, a la ética de ubicarse siempre en la vereda de las clases oprimidas, extrapolándola, además, su actividad novelística. Si bien Scorza pasó algunos años de su infancia en Acoria y Acobamba, pueblos indígenas del departamento de Huancavelica, nunca formó parte de esa cultura. A diferencia del literato José María Arguedas, él nunca llegó a instalar en su interior las pulsiones identitarias con los elementos andinos durante los años que vivió en la sierra. Como señala Neira (citado en Gonzáles Soto, 2009), Scorza era “por sus orígenes, un urbano, un proletario” (párr. 13) y como afirma el propio Gonzales, el hecho de haber vivido cinco años en esos pueblos, “no le convierten en rural” (Ibíd., párr. 9). Sin embargo, a pesar de esta distancia étnica, dispuesto estuvo a tomar y ser parte del Movimiento Comunal y de las diversas gestas por la recuperación de tierras arrebatadas a los campesinos por la compañía minera estadounidense Cerro de Pasco Corporation. De aquella aventura política e investigativa surge La Guerra Silenciosa, un conjunto de cinco novelas en clave literaria mágicorealista sobre la realidad andina delirante envuelta de injusticias, pero al mismo tiempo de heroísmo. Para Scorza la literatura nunca fue una actividad con puros fines estéticos disociada de cuestiones políticas, tampoco una actividad “de oficio” individualista (como solía acusar a Vargas Llosa, Carlos Fuentes y Cortazar). Entendiendo que la literatura también está atravesada y dividida por cuestiones de clase donde cierto sector con privilegios quiere tener el único derecho de producirla, Scorza planteaba que la literatura no puede ser más que un arma para revertir los esquemas sociales de explotación y despojo, un espejo donde reflejar la condición en el mundo de los menos afortunados.

Este involucramiento con la realidad indígena también explica en parte porque decidió renunciar al APRA. Como señala Neira (Gonzáles Soto, Op. Cit., 2009), si bien el APRA tuvo una retórica proindigenista basado en el derecho a la propiedad, la personalidad humana, jurídica y cultural del indio, en la práctica ha habido un abismo absoluto entre el mundo criollo de sus dirigentes y el mundo real de los indios: “Entonces el APRA planteó el problema indio, pero nunca fue más allá” (párr. 40). Scorza parece transgredir esos abismos, a él se le puede ver fotografiándose con los líderes de las rebeliones, visitando las cárceles, organizando manifestaciones campesinas, ejerciendo el rol de secretario de política del Movimiento Comunal y hasta envuelto en pleitos judiciales con la propia Cerro de Pasco Corporation. 

(Manuel Scorza junto a Agapito Robles Broncano, líder de la revuelta indígena por la recuperación de las tierras comunales y protagonista del Cantar de Agapito Robles (1977) perteneciente al ciclo novelístico de La Guerra Silenciosa. Fotografía de de Américo Cerna, Caretas, n.º 480, 6 de julio de 1973)

La clase intelectual, los hombres de letras que habían transitado por la universidad -en un periodo en el que además el acceso a la educación superior se democratizó y masificó- comprendieron que tenían un rol trascendental en la transformación social, en algunos casos como parte de la propia energía revolucionaria sino como voceros de las mismas (Gilman. Op. Cit., p. 36). De esta manera, asumieron la representación del otro históricamente excluido rescatando sus voces desautorizadas. Scorza, verbigracia, comprende muy bien su influencia cultural como hombre de letras para ubicar en la opinión pública las “guerras silenciosas” de un Perú hasta entonces desconocido y acepta el encargo de redactar los comunicados del Movimiento Comunal. 

Siguiendo con Gilman, en esta época “el Tercer Mundo se descubre y se expresa a través de su propia voz” (Ibid., p. 45). Indudablemente las luchas anticoloniales de finales de la década del 50 subvierten las jerarquías discursivas ubicando en un primer plano las voces subalternas obligadas a permanecer en silencio durante el periodo colonial y desplazadas de toda historia oficial. Si bien varias naciones ya se habían librado -o estaban en proceso de hacerlo- del control político de antiguos imperios, el proyecto anticolonial tenía sustento aún en la lucha por la liberación de las mentalidades. La herencia histórica del colonialismo habitaba en las subjetividades que impedían la articulación de un sistema de pensamiento genuino y, por ende, de toda representación autónoma. Así, el lenguaje y el discernimiento estaban capturados por símbolos occidentales que impedían una autoafirmación o producción de una identidad propia. Como sostiene Anibal Quijano (2008): “Por su naturaleza, la perspectiva eurocentrista distorsiona, cuando no bloquea, la percepción de nuestra experiencia histórico-social, mientras lleva al mismo tiempo a admitirla como verdadera” (p. 154). De modo tal que, durante la época sesenta/setenta, prevaleció el llamado por la independización de la retina colonial, que para los intelectuales adquirió significado en la búsqueda de la liberación de la palabra. 

Como señala Scorza, es la literatura “el primer territorio libre de América”[2] y este hecho emancipatorio no deja de estar preñado de significado revolucionario: 

“Las estructuras de poder reposan en las infraestructuras de la Palabra. Y al revés: sólo la Palabra puede corroer la estructura del Poder: ningún cambio, ninguna revolución son posibles sin imaginaciones reductibles a palabras. Para conquistar el paraíso, se requiere imaginar el paraíso” (Guadalupe. Op. Cit., p. 97).

Por lo tanto, la existencia de una episteme latinoamericana se funda en cuanto se la nombre auténticamente, cuando el universo imaginativo de los pueblos logre cierta autonomía frente al silencio, la fractura y el olvido que instaló el orden colonial. Para Scorza la conquista generó un desorden de virtualidades y tiempos, un desencuentro metafísico intolerable deviniendo en locura. La gravedad del impacto colonial, además de los millones de muertos que generó en apenas un siglo, es la supresión del pasado, presente y futuro de los pueblos subyugados, atrapados en el caos de la incongruencia (Ibíd., p. 99)

Retomando a Quijano, Latinoamérica está compuesta por una heterogeneidad histórica-estructural, es decir, por la co-presencia de tiempos históricos y de fragmentos estructurales de formas de existencia social producidos en el momento del des-encuentro entre un orden “arcaico”, “caballeresco” y “señorial” de la España conquistadora que apostaba por preservar un orden colonial interno -concomitante e inseparable de la emergencia del nuevo patrón moderno del capitalismo mundial- y las diversas identidades de los pueblos sometidos a la colonialidad (Quijano. Op. Cit., p. 152). Del mismo modo, Scorza reconoce el ritmo retardado de la sociedad española “justo en el instante que el Tiempo occidental se comienza a acelerar” y, más aún -a razón también de una metáfora que ha acompañado su producción literaria- el devenir histórico español, se detiene por completo. Entonces “mientras que en España se aspira a paralizar el tiempo, en América se ha vuelto loco” (Guadalupe. Op. Cit., p. 99).

Es así que, durante trescientos años de orden colonial, la locura no puede ser otro síntoma que del silencio impuesto. Sin embargo, ni la locura es completamente irracional ni la “ley del olvido” es omniabarcante. Sobre otro plano y entre las sombras, pervive el mito. Para Scorza, el mito es el refugio cosmogónico a los que apelan los “expulsados del tiempo y del espacio”, es “el único territorio posible” para los sobrevivientes de las culturas precolombinas y camino por el cual discurre la imaginación de los pueblos. En efecto, es la “coraza” o “cáscara” de la identidad preñada de futuro, el sello distintivo de las tradiciones culturales sino también de la propia literatura (Ibíd., 104). Desde su punto de vista: “En América, el mito no es una solicitación literaria: es una imperativa construcción histórica: una necesidad de existencia del ser: el esqueleto que sostendrá la carne de la palabra recobrada” (Ibíd.).

Justificaba, de esta manera, la particularidad y originalidad de la literatura delirante correlativa a una realidad delirante; una apología de las esencias literarias real-maravillosas que, más que un género o estilo, era la última construcción intelectual de una fractura histórica. Posibilitada en el momento en que España, envuelta en la Guerra Civil, dejó vacíos de poder en los usos de palabra, la literatura mítica latinoamericana emerge para “refutar la historia, discutir la historia, aniquilar la historia” (Ibíd., p. 103). A diferencia de otros ámbitos de poder donde la historia latinoamericana ha obtenido sólo fracasos, la literatura es “la plaza mayor de la historia”, “la última instancia” a la que apelan los desposeídos para juzgar sus causas justas y dar a conocer “la infamia de la realidad”. Y ciertamente, es una liberación sin revolución, sin mediación de la violencia revolucionaria, aunque de ninguna manera signifique el abandono de este proyecto, sino todo lo contrario: primero, la conquista a nivel verbal (Ibíd., p. 114-115).

Así emergió el boom de la literatura latinoamericana, un territorio para la autonomía y la creatividad de una generación de noveles poetas y literatos que, si bien compartían un momento histórico de reconocimiento de la prosa latinoamericana, también estaban envueltos en conflictos internos. A juicio de Scorza, “la liberación de la palabra corre los mismos riesgos que cualquier otro territorio liberado: su explotación por una clase o por otro poder imperial” (Ibíd., p. 116), en ese sentido advierte que no está exenta de cosmovisiones opuestas “producidas por la guerra de clase y enfrentamientos de civilizaciones” (Ibíd., p. 119). Para sustentar la anterior idea, pone como ejemplos las identidades antitéticas de los novelistas peruanos José María Arguedas y Vargas Llosa. El primero, confirma su propia máxima de que “los grandes escritores de América -con excepciones desde luego- proceden, casi siempre, de las clases inferiores de la sociedad americana” pues Arguedas “estuvo condenado a vivir entre esclavos indios” (Ibíd., p. 113). De acuerdo con Scorza, la cosmovisión arguediana “propone la rebeldía, la comunicación con los hombres y el universo, la solidaridad y el combate, la épica”, mientras que el segundo, venido de la clase burguesa, “le opone el fracaso, la incomunicación, el individualismo, la soledad, el miserabilismo” (Ibíd., p. 119-120). En otras palabras, ambos recrean dos posicionamientos o dos posibilidades del literato latinoamericano frente a la realidad: una concepción individualista y otra colectiva.  Y precisamente, esta última opción no es gratuita, sino que está supeditada al clima revolucionario de la época de los sesenta/setenta. La literatura es referencia inevitable de la realidad histórica “y esa realidad es hoy la revolución política” (Ibíd., 120).

Una revolución que sólo es una revolución, no es una revolución”. Critica a la univocidad de la revolución política.

Pero como el propio Scorza afirmaba: “Yo no era guerrillero, sino un poeta extraviado en la melancolía” (Scorza, 1983). Hizo de la palabra su principal trinchera de combate y, es desde la propia literatura que desarrollará su crítica a las visiones de una revolución marxista ortodoxa. Al final de Literatura: Primer territorio Libre de América, puede leerse, por ejemplo: “¿Por qué sólo una revolución?”[3] (Guadalupe. Op. Cit., p. 120), pregunta que cuestiona la suficiencia de una revolución política o que aquella solo esté fundada en la imposición violenta-dictatorial de un nuevo orden. Complementaria y en paralelo a toda propuesta de alteración de la estructura política, es imprescindible “la revolución del arte”. Toda “revolución exterior” debe dar cabida a otra “interior” (Ibíd.), a una revolución de la palabra y, también, a los componentes irreflexivos, los mundos oníricos, las sensibilidades y las emociones incontenibles. Así un programa de transformación de la realidad objetiva inmanentemente lleva consigo materia idealista, íntima y contradictoria. De este modo, a finales de la década del 70, Scorza luce una mirada discrepante con las tradicionales propuestas revolucionarias y sus programas desfasados que no han sido capaces de sacar lecciones históricas del fracaso. 

En La danza inmóvil publicada en 1983, meses antes de su fatídico fallecimiento, Scorza plasma este descontento por una revolución unívocamente política. Los personajes de esta novela cohabitan el ambiente de los exiliados latinoamericanos en la capital francesa. En ella, un novelista peruano intenta convencer a Vaca Sagrada (flamante director de una reconocida editorial parisina) de publicar su novela mientras almuerzan en el célebre restaurante La Coupole en el centro de París. A lo largo de este encuentro, el escritor (que por las referencias autobiográficas parece ser la extensión ficcional del mismo Scorza) expone la trama de su obra candidata, compuesta por dos líneas argumentativas: La huida de Nicolás de la prisión del Sepa a través del río Amazonas y el romance idílico de Santiago con Marie Claire a través del paisaje urbano parisino.

La danza inmóvil ofrece a través de los diálogos de sus personajes la expectativa en juego de la revolución sometida a juicio por la utopía del amor. Nicolás y Santiago -compañeros de un mismo movimiento revolucionario- están atravesados por la tensión del sacrificio que implica la lucha armada, y la elección de vivir sin clausura a la felicidad. La novela anticipa cierto balance pesimista que -sólo años después, con la caída del Muro de Berlín- se anuncia con mucha más claridad: la inminente derrota de la estrategia revolucionaria guerrillera. Verbigracia, Santiago, en una discusión con Laynez, otro compañero de su movimiento, expresa: “No somos dueños del futuro. Algún día para los hombres del futuro, seremos los hombres del pasado ¡Viejos que no supimos cambiar la vida! El futuro es una peligrosa ilusión” (Scorza, 2008, p. 2010). No obstante -valga nuevamente la aclaración- Scorza no se consagra al abandono de la ilusión revolucionaria, sino del prototipo revolucionario marxista, falto de imaginación y desentendido de la compleja realidad latinoamericana.  En otra entrevista para Roland Forgues titulada Entre la esperanza y el desencanto (1983), recogido también por Guadalupe (Op. Cit.), Scorza considera que:

“El Perú no podrá nacer jamás como nación sino hay una revolución. Pero esta revolución tendrá que ser de otro tipo, de un tipo nuevo. Yo encuentro que la visión marxista que ha planteado una revolución aquí es bastante limitada. Este país está por fundarse. Nosotros no nos conocemos (...) hay más distancia de Lima a Pucallpa que de Lima a París”. (p. 155).

(La danza Inmóvil (2008). Edición homenaje del Fondo Editorial de la Universidad las Peruanas)

En La danza Inmóvil, la imagen del guerrillero incorrupto y consecuente a la lucha armada representado en el personaje de Nicolás, sufre los padecimientos de la condena autoimpuesta de creer hasta el último instante de su vida en la inevitabilidad de una nueva historia. Scorza reproduce en Nicolás el patetismo de sobrellevar una revolución destinada a la derrota sin despojarle de sentido heroico:

“Nicolás no va a volver -le dijo Laynez- : él sabe bien que no va a volver”, Francesca sirvió con manos imperceptiblemente temblorosas, dos copas de Sancerre. “¡Por el triunfo de la Revolución, Nicolás, por la liberación del Perú, por ti, por la victoria!”. La voz se le debilitó. (Op. Cit. Scorza, La danza inmóvil, p. 204).

A juicio de Nicolás “nadie puede ser plenamente feliz mientras los demás sigan siendo infelices. No puede existir ninguna isla de la alegría en medio de un océano de crímenes y horror”[4] (Ibíd., p. 234). Sus declaraciones políticas son contundentes. Siempre necesita validar su creencia por la revolución política, puesta a prueba por el deseo latente de no partir al combate. Scorza proyecta en él la tragedia de sus antiguos compañeros apristas -luego rebeldes desertores- que apostaron por la guerrilla en 1965[5]; aquellos últimos personajes del antiimperialismo sujetos a una ilusión equívoca de la realidad que no estuvo a la altura de sus impertérritas convicciones revolucionarias. Sobre ellos, expresa: “La guerrilla peruana fue exterminada por una concepción errónea de la realidad: los guerrilleros no conocían bien a su país, sus instrumentos ideológicos no coincidían con la mentalidad de los campesinos” (Guadalupe. Op. Cit., p. 161-162).

Opuesto a él, es Santiago, quien ya no da crédito al programa revolucionario renunciando a los mandatos del movimiento. Entre la revolución -que implicaba volver a América para llevar a cabo la lucha armada- y una vida no denegada a la felicidad, Santiago decide por esto último, decide vivir el presente junto a la joven francesa Marie Clarie:

“Sentí que todo mi cuerpo se sublevaba contra la idea de partir (...) Y sentí en los huesos la heróica fatalidad que encerraban nuestras promesas. Ramiro, Nicolás, Laynez morirían en los ojos llenos de esas Promesas. Pero yo ya no era capaz de cambiar la plenitud del presente, los ojos presentes de Marie Claire por el rostro sin ojos del futuro. Los muertos no tienen pareja (...) Sí, yo quería vivir. Yo quería existir y tener nombre y apellido” (Op. Cit. Scorza, La danza inmóvil, p. 207-208).

No es la intención de Scorza desviar el objeto revolucionario hacia una completa apología del amor que, al fin y al cabo, consume y condena a Santiago al patetismo de la soledad como efecto de haber sustituido el ideal revolucionario por la utopía del amor imperecedero. Sin embargo, no deja de sustentar con Santiago la necesidad de poder elegir, de rehusarse a seguir el camino trazado por otros, a reclamar todos los sacrificios ofrecidos en nombre de un sueño temporalmente remoto:

“¡No era deudor; por el contrario: era acreedor! ¡Me debían la tiranía de mis padres, el amor asesinado de mi abuelo, las angustias de mi infancia, los días sin mujer de mi juventud, las infinitas noches de heroísmo de la clandestinidad, mis remordimientos, las vidas que dejé vivir, las maravillas del mundo que mis ojos no veían porque solo yo tenía miradas para el odio, para la culpa, para el sufrimiento, para la oscura generosidad sin frutos! (...) ¡Sí, me rebelaría! ¡Arrojaría el cuchillo y dispersaría los leños! ¡No obedecería! ¡Jamás volvería a obedecer! (Ibíd., p. 247).

Santiago introduce, por tanto, una crítica esencial a los movimientos revolucionarios. Hace notar la necesidad de apertura a otros caminos no políticos para alcanzar “una verdadera revolución”. El hecho revolucionario no es el momento cuando la muerte se torna ineludible. Para él, “el acto verdaderamente revolucionario no es morir, sino vivir” (Ibíd., p. 233). Scorza creía que la revolución también debía hacer a los hombres felices y que, por lo tanto, debía ocupar los ámbitos internos y los sueños colectivos. Algo de la desesperanza de época que provocó el devenir de las revoluciones en dictaduras se plasma en esta premisa. Una revolución que sólo es una revolución, una revolución unívoca, está predestinada a cumplir con esta fatalidad histórica. En ese sentido, su crítica a la revolución es a efecto de complementarla. En una discusión entre Santiago y Nicolás se dibuja esta cuestión con claridad: 

- (Santiago:) Nicolás, una revolución que sólo es una revolución no es una revolución. La humanidad, nuestra humanidad, es tan bárbara, tan primitiva, tan cruel, que para alzarse del fango necesita no una sino mil revoluciones, una revolución infinita.

- (Nicolás:) ¿No te basta con esta revolución por la que mueren millones de hombres y por la cual nosotros luchamos desde nuestra juventud? 

- (Santiago:) ¡No, no me basta! La revolución política sólo elimina la pus de afuera, pero ¿puede modificar el Afuera si no modifica el Adentro…? (Ibíd., p. 237).

Finalmente, Nicolás y Santiago construyen y consolidan sus caminos opuestos y se enfilan al único desenlace posible cuando revolución y amor se excluyen mutuamente: la derrota. El primero, a punto de conseguir escapar al último puesto de la guardia republicana instalado en el río Amazonas, es recapturado y sentenciado a morir devorado por las hormigas del árbol de la tarangana. Mientras que Santiago, tras el abandono de Marie Claire y al enterarse que ella sostuvo relaciones con Gilberto -“el único amigo que me quedaba” (Ibíd., p. 287)- decide quitarse la vida en el río Sena. No obstante, en sus últimas reflexiones, cada uno desea haber elegido el camino del otro. Nicolás, por ejemplo, expresa contrición por no haber optado por el amor: 

“y envidió a Santiago, él tenía razón, él acto definitivamente subversivo es vivir, la real Revolución es la felicidad. Una Revolución que sólo es una revolución no es una revolución, la revolución de afuera sólo se cumplirá si triunfa primero la Revolución de adentro. (...) si volviera a nacer (..) me quedaré contigo, Francesca, me quedaré en la tierra para caminar contigo bajo la misma luz, para hacer el amor, para besarte el vientre, meterme lentamente entre tus bosques. (Ibí., p. 295).

Mientras que Santiago[6], acodado sobre el puente Sully:

“miró su envidia por Nicolás, envidió su destino; entre la revolución y el amor Nicolás había elegido el amor y la revolución; fuera cual fuera el sitio donde cayera, Nicolás caería sobre lo alto subiendo en paz; él en cambio entre el amor y la revolución escogió nada (...) miró otra vez las aguas sucias del Sena, saltó sobre la baranda del puente Sully, arrastrado por las corrientes turbias su cuerpo se hundió, flotó se hundió” (Ibíd., p. 289).

Lo que declara Santiago revela sin embargo que, después de ambos desenlaces, la muerte de Nicolás no es gratuita, finalmente actúa por amor. Mientras que toda la apuesta de Santiago es en vano -pues descubre la falsa ilusión del amor romántico-, la muerte de Nicolás, está enmarcada de sentido. Él parece entender mejor que Santiago que la revolución no es excluyente al amor. En otra parte de la novela, manifiesta por ejemplo que “elegir entre amor y revolución es un falso dilema. No hay nada que elegir, son lo mismo” (Ibíd., p. 233). Pese a los rasgos ortodoxos que Scorza imprime en Nicolás, este es capaz de encarnar ambos ideales: “El Hombre Nuevo comprenderá que el amor y la felicidad son los hechos realmente subversivos” (Ibíd.). Santiago es la excusa para la reafirmación del camino revolucionario de Nicolás. Como señalamos más arriba, si bien Nicolás envidia la suerte de Santiago, al mismo tiempo complementa contradictoriamente dichas líneas señalando que: 

“si volviera a nacer repetiría la misma vida, cumpliría los mismos actos, combatiría a los mismos opresores, mataría a los mismos traidores, soportaría las mismas torturas, aceptaría las mismas cárceles, viviría eternamente entre las sombras, huiría en la misma balsa, miraría la mirada del mismo asesino” (Ibíd., p. 295).

De esta manera, vemos que la crítica de Scorza a los proyectos revolucionarios se oye a través de la reivindicación que hace Santiago del amor y la consecuencia revolucionaria de Nicolás que no puede prescindir de este último elemento. El fracaso de la lucha armada otorga la posta a nuevas estrategias revolucionarias y nuevas modalidades de participación política que necesariamente no transitan por la violencia política.  En efecto, Scorza plantea un retorno a la esencia misma del concepto de “revolución”, para cargarla de otros sentidos alternativos. En los últimos diálogos de la novela que suceden en La  Coupole, el editor y el escritor dibujan esta premisa perfectamente: 

- ¿Y usted cree que las revoluciones no traicionan? -preguntó el editor.

- Los revolucionarios, quizás, Las revoluciones nunca. (Ibíd., p. 313).

A diferencia de otros países del cono sur donde asaltaron el poder gobiernos dictatoriales en menoscabo de procesos populares durante la década del 70, en Perú, el Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas (1968-1980) presidido por Juan Velasco Alvarado -que también llegó al poder mediante un golpe de Estado- se atrevió a realizar medidas contenidas para el sector popular como la Ley de Reforma Agraria, destruyendo el principal sustento material de la oligarquía. Como sostiene Nelson Manrique, dicho gobierno militar se embarcó a realizar las reformas que el APRA había postergado en todas las oportunidades que tuvo el poder mediante alianzas con partidos de base oligárquica. Sin embargo, Velasco no llegó a ostentar el apoyo de amplias mayorías -como si llegó a tener el APRA durante décadas precedentes-, haciendo que las transformaciones aplicadas por su gobierno sean emanadas “desde arriba”, prescindiendo de y reprimiendo la participación popular (Manrique, Op. Cit. p. 20).

Siguiendo nuevamente a Manrique, en el Perú se contradicen los profundos y rápidos cambios en las estructuras sociales y económicas con “un relativo retraso en la evolución de las subjetividades” (Ibíd., p. 22). Las reformas del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas aceleraron la primera dinámica, mientras que, a contracorriente, perviven mentalidades e imaginarios oligárquicos, estamentales y coloniales -que en términos braudelianos se entienden como prisiones de larga duración-. Este desencuentro entre las reformas políticas y las subjetividades acentúa también la crítica scorzista de que una revolución que sólo es una revolución, no es una revolución. Scorza atestigua el derrocamiento de Velasco orquestada por el general Francisco Morales Bermúdez, dando inicio a la segunda fase del Gobierno Revolucionario de las Fuerzas Armadas que consistió en la regresión de las reformas sociales llevadas a cabo por su predecesor. Otra revolución traicionada. 

“El desencanto es un instante entre dos esperanzas”. De la apuesta revolucionaria a la participación política democrática

A finales de la década del 70, se abre la oportunidad del retorno de la democracia peruana a través del proceso electoral para la conformación de una nueva Asamblea Constituyente convocada por el propio Bermúdez. La misma llegó a ser presidida por Victor Raúl Haya de la Torre y contó con la postulación de antiguas figuras provenientes de partidos revolucionarios, entre ellos, el propio Scorza quien participó como candidato a diputado bajo el Frente Obrero Campesino Estudiantil Popular (FOCEP). Scorza volvió a enfrentar al aprismo, pero, esta vez, dentro de la dinámica de una elección legislativa. Aunque, finalmente, renunció a su candidatura[7], su intención electoral marca el tránsito de su antigua apuesta revolucionaria -que defendió con vehemencia en su juventud- hacia las nuevas formas democráticas de participación política.

(Lima - 28 julio 1978. Víctor Raúl Haya de la Torre leyendo su discurso durante la instalación de las Asamblea Constituyente. Foto: Archivo Histórico de El Peruano)

No se trata de un acto aislado, dicho tránsito se enmarca en los límites de la época del sesenta/setenta que, como habíamos señalado anteriormente en relación a la propuesta de Gilman (Op. Cit.), se define por el campo de los objetos que pueden ser dichos o no en un momento dado y, ciertamente, la palabra revolución entra en desuso en el vocabulario político a finales de la década del 70. En opinión de la autora: “Esta época constituye la gran expectativa frustrada, el canto del cisne de la cultura letrada en América Latina y en el mundo”(p. 53). La revolución mundial no tuvo lugar y los esfuerzos que hasta entonces se habían producido bajo ese símbolo, tarde o temprano, fallecerán o se desvirtuarán. A este respecto, Scorza señala que: “El desencanto de algunos personajes de La danza inmovil es el resultado natural de la quiebra mundial de las ideologías y del triunfo mundial del conservadurismo” (Guadalupe. Op. Cit., p. 162).

Su repentina y trágica muerte producida durante un accidente aéreo en las colinas de Madrid, canceló la posibilidad de observar su desenvolvimiento en la concreción de la nueva izquierda democrática y en el nuevo pacto social que generó la Constitución de 1979. De lo que sí dejó constancia, es de su optimismo y su no abandono a la nostalgia por las causas perdidas, pues como él mismo sostiene: “El desencanto es un instante entre dos esperanzas” (Ibíd., p.162). A diferencia de Haya de la Torre, Scorza estimó que las demandas y luchas sociales eran impostergables e innegociables a diferencia de las tácticas y estrategias políticas. El nuevo contexto de consolidación de los sistemas políticos democráticos impuso nuevas performances políticas y nuevas vías para alcanzar la transformación social a un amplio sector provenientes de antiguas estrategias revolucionarias sin que ello signifique la claudicación de sus principios antiimperialistas. De la lucha armada a la participación en partidos políticos en democracia, la apuesta de Scorza no dejó de estar enmarcada en la lucha contra el imperialismo; después de todo “en América, como en todo el mundo, no hay sólo desencantos sino también hombres que luchan por otro mundo” (Ibíd.).

(Informe sobre el funeral de Manuel Scorza, diario Correo, 6 de diciembre de 1983)

Bibliografía

Bergel, M. (Noviembre de 2011). El anti-antinorteamericanismo en América Latina (1898-1930). Apuntes para una historia intelectual. Obtenido de Nueva Sociedad. Nuso N° 236 : https://nuso.org/articulo/el-anti-antinorteamericanismo-en-america-latina-1898-1930-apuntes-para-una-historia-intelectual/

Gilman, C. (2003). Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina. Buenos Aires: Siglo XXI.

Gonzáles Soto, J. (2009). Manuel Scorza, apuntes para una biografía. Obtenido de Alicante: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes: http://www.cervantesvirtual.com/nd/ark:/59851/bmc4t723

Guadalupe Bobadilla, J. (2013). Manuel Scorza. Relámpago Perpetuo. Homenaje. Lima: Arteida.

Haya de la Torre, V. (1978). El antimperialismo y el APRA. Lima: Libertad.

Manrique , N. (2009). «¡Usted fue aprista!» Bases para una historia crítica del Apra. Lima: CLACSO / Fondo Editorial Pontificia Universidad Católica del Perú.

Neira, H. (s.f.). Scorza aquí y allá: mirada limeña y mirada parisina sobre Manuel Scorza. En V. autores, Table ronde. Manuel Scorza. L'homme et son oeuvre. . Université de Bordeaux III, 99.

Quijano, A. (2008). Don Quijote y los molinos de viento en América Latina. Ecuador Debate, 149-170.

Scorza, M. (1955). Las imprecaciones. México: Viento del Pueblo. 2da edición.

                   (1960). Los adioses. Lima: Festivales del Libro, Colección el Centauro .

                   (4 de diciembre de 1983). Fe de erratas. Los malentendidos en la vida de Manuel Scorza. El País.

                  (3 de diciembre de 2003). Palabras a Nicolás Centenario. Diario La República.

                  (2008). La danza inmóvil. Lima: Fondo Editorial Universidad Alas Peruanas.

 

Notas


[1] Antropólogo por Universidad Nacional Mayor de San Marcos y estudiante de la Maestría en Estudios Sociales Latinoamericanos de la Universidad de Buenos Aires.

[2] La presente cita, así como las próximas que le suceden, son extraídas del ensayo de Scorza igualmente titulado, Literatura: Primer territorio Libre de América. Fue publicado de manera póstuma en el 2006 por el diario La República y la revista San Marcos número 25 gracias a la labor de recolección de Jaime Guadalupe. Aunque no es posible dar con una fecha exacta de su producción, por las referencias temporales que Guadalupe sugirió a este autor, podría pensarse que fue escrita entre los años 1976 y 1977. También aparece recogido en Guadalupe (2013), texto en cual basamos las citas. 

[3] Posteriormente, en 1977, Scorza escribe el poema Palabras de Nicolás Centenario recalcando este desacuerdo: “¡Una revolución que sólo es una revolución no es una revolución!”. Poema publicado también de manera póstuma en el diario La República en el año 2003.

[4] Esta enunciación recuerda los tempranos poemas de Scorza escritos en el exilio durante los años más efervescente de su militancia política, a saberse, Las imprecaciones (1955), cuando en Epístola a los poetas que vendrán, declama:

“Yo os digo: / mientras alguien padezca, / la rosa no podrá ser bella; / mientras alguien mire el pan con envidia, / el trigo no podrá dormir; / mientras llueva sobre el pecho del mendigo, mi corazón no podrá dormir / (...)  Hay cosas más altas que llorar amores perdidos. / El rumor de un pueblo que despierta, / ¡es más bello que la luna!”.

[5] En alusión al Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), grupo guerrillero descendiente de la facción disidente del APRA, denominada “APRA rebelde”, dirigida por Luis de la Puente Uceda, compañero de exilio y amigo entrañable de Scorza. Finalmente, muerto a manos de las fuerzas gubernamentales tras el fracaso de su expedición guerrillera en la Convención, Cusco. En Fe de erratas (1983), Scorza da mayor luz sobre esta amistad:

“Era yo muy amigo de Luis de la Puente y compartíamos un cuarto en los tiempos en que él preparaba su primera expedición de guerrilla a Perú, la que traicionó Gastañeta. Sé que aparezco fotografiado, fichado por la policía y clasificado como un peligroso subversivo. Pero también era una errata. Luis y yo éramos asmáticos y a veces me sentía muy mal. Por eso me ofreció su cuarto, a fin de estar siempre listo para colocarme las inyecciones urgentes que podía exigir mi enfermedad”.

[6] Haciendo una arqueología del personaje de Santiago en la producción literaria de Scorza, sus primeros rastros aparecen en el poema La cita de su poemario Los adioses (1960), donde se lee:

“Porque esperándote perdí mi juventud. / Y no como el guerrero / que las manos moja / en la espuma bermeja de la guerra, / ¡No cómo los valientes que conocí! / (...) Yo miserablemente perdí mi juventud. / Aguardando que cumplieras la cita de los parques, / gasté los veloces años. / ¡Ay, cafés humosos donde fingí leer / los diarios de mi feroz melancolía! / Esperándote perdí la juventud, / y me pesa. / Son las siete: / y estoy solo”.

[7]  La renuncia de Scorza a la contienda electoral para la instauración de la Asamblea Constituyente de 1978 fue a razón de un acto de protesta por la deportación de candidatos políticos de la Unidad Democrática Popular (UDP) y de la FOCEP, entre ellos, Genaro Ledesma Izquieta, líder de este último frente.

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