CÓMICOS AMBULANTES. MIGRACIÓN Y MODERNIDAD EN TENSIÓN EN LA CIUDAD DE LIMA

El Perú es Lima, Lima es la avenida Abancay, la avenida Abancay es el Parque Universitario y el Parque Universitario son los cómicos ambulantes.

(Cómicos ambulantes del Parque Universitario. Fotografía Joselyn Rodriguez)

"El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo" es la frase que en la cultura popular peruana se suele atribuir al literato Abraham Valdelomar –pues al parecer, no existe fuente alguna que compruebe dicha correspondencia- y acoge en su composición deductiva la esencia cultural de los primeros años de vida republicana peruana.

De esta manera, el Perú puede resumirse a una sola de sus ciudades, y esta misma a su jirón más famoso, y en el, al célebre edificio afrancesado[1] que intentaba imitar al Café de la Paix de Paris y donde se reunía la sociedad intelectual limeña al calor de las resonancias de los movimientos de vanguardia de las primeras décadas del siglo XX. Valdelomar, pero también otras grandes figuras del ensayo y la literatura como José Carlos Mariátegui y César Vallejo respectivamente, confluían en dicho café y daban inicio a veladas de intercambio artístico e intelectual donde debatieron, imaginaron y transgredieron la nación más allá de las ideas oligárquicas y liberales que ya comenzaban a ponerse en cuestión.

(Fotografía de época. Celebración de Año Nuevo en el Palais Concert. Recuperada de http://apuntesdearquitecturadigital.blogspot.com)

Por entonces el Jirón de la Unión, no solo albergaba a los personajes centrales de la cultura letrada reunidos en el Palais Concert sino también alojaba diversas tiendas de mercaderías importadas y joyerías donde frecuentaba la clase alta limeña. Jironear, palabra popular que describe la actividad de ir de compras y que es utilizada hasta la actualidad, cobra significado en esta época cuando en dicho jirón, haciendo uso de sus más elegantes trajes, la élite limeña convergía, socializaba y afirmaba su jerarquía en la estructura social.

No obstante, cabe hacer una revisión más actualizada de la frase con la abrimos esta exposición y, siguiendo la secuencia deductiva de la misma, ensayamos la siguiente proposición: El Perú es Lima, Lima es la avenida Abancay, la avenida Abancay es el Parque Universitario y el Parque Universitario son los cómicos ambulantes. Por supuesto, nuestro propósito no es hacer una reducción radical de las diversas caras que tiene el proceso de la modernidad en el Perú contemporáneo, sino que simplemente intentamos ubicar un lugar y en el a un personaje representativo de este proceso que en las últimas décadas tiene como protagonista a las agencias populares.

El Perú es Lima… (pero una Lima totalmente diferente)

Poco más de medio siglo atrás, la ciudad de Lima experimentó un crecimiento demográfico y geográfico determinado por la migración interna del campo a la ciudad. La tradición centralizadora del gobierno que tenía –y tiene- como punto gravitatorio de la esfera política y económica a la capital, además del pequeño desarrollo industrial de los años 50s impulsado por la búsqueda de diversificación de la producción, lo mismo que generó el crecimiento del comercio y de los servicios concentrados en las ciudades, condicionaron los cambios de las relaciones entre la capital urbana y el ámbito rural. Lima entonces emergía como foco del progreso y hacía ella se dirigieron las grandes movilizaciones humanas con las expectativas de poder “insertarse” a la modernidad que parecía ser esquiva a las áreas rurales del interior del país, proceso que llegó a su cima en la década de los 80’s impulsado en parte por el conflicto armado interno que tuvo como primeros escenarios los departamentos más pobres de ese entonces –sino hasta ahora-: Ayacucho, Huancavelica y Apurímac.

(Barriadas en Lima en 1950. Fotografía: Revista Caretas)

Solo para dibujar con más exactitud el mapa de concentración que generó la migración y sin detenernos tanto en este aspecto, se puede apreciar que Lima metropolitana durante la década del 80 concentraba el 29% de población total del país, ocupaba el 69% del producto bruto interno industrial, el 87% de la recaudación fiscal, el 98% de la inversión privada y el 33% de la población económicamente activa (INEI, 1995). De esta manera, de tener 1 500 000 habitantes en 1950, pasó a tener 9 320 000 habitantes en el 2018 (INEI, 2018).

En consecuencia, los márgenes de la capital peruana se expanden formando nuevos “cinturones de pobreza” también conocidos como “barriadas” donde el migrante andino se asienta, generando lo que José Matos Mar (1984) denominó un “desborde popular y crisis del Estado”, que entre otras palabras explica la incapacidad del Estado y sus aparatos de contener, asimilar y planificar la erupción abrupta de nuevos habitantes andinos que fueron borrando la tradición hispánica de la ciudad.

Lima es la avenida Abancay…

La clase alta que ocupaba el centro histórico de Lima al sentirse sitiada se desplazó a los márgenes del sur de la ciudad (actualmente los distritos de Miraflores, San Borja, San Isidro) dejando al abandono las antiguas casonas y edificios que se convirtieron en los nuevos locales de los emergentes negocios que emprendieron los migrantes.  El Teatro Colón, que reunió por unas cuantas décadas a la aristocracia limeña desde su inauguración en 1914, para los años 80s y 90s devino en cine porno al paso. El Jirón de la Unión, otrora punto de encuentro de la intelectualidad y de la elite limeña se convirtió en un gran emporio comercial del nuevo consumidor y empresario popular. De hecho, el Palais Concert¸ después de despedirse de sus últimos eventos culturales tuvo una vida bastante azarosa en los negocios:  desde tienda de ropa hasta discoteca, pasando también  por zapatería y pollería[2].

Este cambio de utopía que Carlos Iván Degregori (2013) señaló como una transición del “mito de Inkarri al mito del progreso”, implica un cambio de perspectiva en la búsqueda de un proyecto nacional, ya no basado en la reivindicación de un pasado indígena, sino en la conquista del futuro a través del progreso y el emprendimiento determinado por la incorporación del sector popular migrante a la lógica del capital y la acumulación con particularidades culturales andinas.

(Vendedores ambulantes en la feria de La Cachina)

Surge entonces el vendedor ambulante que intenta reproducir en la ciudad las ferias ambulantes del ámbito rural, acaparando espacios públicos del distrito de la Victoria (La Parada, Polvos Azules, Gamarra, La cachina), pero también ocupando las tradicionales avenidas del centro histórico limeño como las avenidas Grau y Abancay. Esta última precisamente puede señalarse como la avenida más representativa donde se aloja lo que una concepción dualista de la economía ha denominado “informalidad”, es decir una entidad productora de capital no regularizada por el Estado en oposición al sector “formalizado” o “en regla”. En ella converge no solo el desborde del comercio permanente y ambulatorio sino también el desborde del transporte que, con el increíble aumento del parque automotor condicionado por la explosión demográfica, encuentra en dicha avenida uno de sus principales nudos o atolladeros.

La avenida Abancay es el Parque Universitario…

Antiguas plazas y parques, como la Plaza San Martin que antaño era un espacio para la socialización de la aristocracia limeña, son ocupados también por estos nuevos comerciantes itinerantes. El Parque Universitario, ubicado en la avenida Abancay, es uno de los principales testigos de la reconfiguración del paisaje social urbano. Antes, lugar para el esparcimiento y la tertulia de los estudiantes de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos (motivo por el cual recibe su nombre), en su mayoría conformados por el sector de la clase media urbana hasta antes de la década del sesenta[3], posteriormente se transformaría en el territorio del comercio informal, pero sobre todo, escenario del espectáculo de los cómicos ambulantes hasta la actualidad.

Y el Parque Universitario son los cómicos ambulantes…

Fundadores de un nuevo género artístico de la representación callejera, los cómicos ambulantes son mayormente integrados por migrantes de origen andino. Como ha señalado Víctor Vich (2010) –autor del cual utilizaremos algunas ideas en lo que sigue de este artículo- su práctica artística podría entenderse como una economía del humor, es decir el intercambio de representaciones irónicas de la vida cotidiana por dinero en efectivo en el acto de “pasar la gorra”. Al igual que los vendedores ambulantes informales, generan un ingreso económico a partir de la movilización y de la ocupación de los lugares públicos como las plazas, parques, mercados, ferias, etc. Sin embargo, en los últimos años se han establecido formalmente en algunos espacios como el Parque Universitario y la Alameda Chabuca Granda, de los cuales habían sido desalojados por la policía durante varios años acusados siempre de “afear” la ciudad.

(Cómicos ambulantes del Parque Universitario. Fotografía Joselyn Rodriguez)

El origen de los cómicos puede remontarse a la práctica de antiguos payasos callejeros que orientaban su espectáculo al público infantil. Sin embargo, en hechos más exactos y reconocidos, se atribuye al mimo Jorge Acuña la fundación de las convenciones callejeras transformando, a partir de un círculo de tiza que trazaba en el piso, el espacio público y de tránsito en territorio de representación y convención. Además, es necesario rescatar la importancia de dos personas-personajes que terminaron de configurar el espectáculo formal característico de los cómicos. El primero de ellos, Orlando Mesa quien, con su personaje de “El cholo Cirilo”, introdujo a la calle la temática de la vida cotidiana del migrante en la ciudad y de la realidad nacional; mientras que el segundo, Lázaro Mendizábal, más conocido como “Calígula 2000”, termina de desligar por completo la comedia callejera del formato circense, privilegiando la expresión oral de la narración verbal sobre la actuación e incorporando el uso del lenguaje popular (Vich, 2010).  Cabe mencionar que luego de su paso por la televisión durante la década de los 90 y principios de los 2000, los cómicos parecen retornar nuevamente a la actuación, influencia del sketch como tradición de la comedia televisiva.

(1970, Jorge Acuña en la Plaza San Martín. Fotografía recuperada de Facebook)

En términos formales y técnicos los cómicos utilizan la herramienta de la improvisación al máximo haciendo participe también al público de la puesta en escena. No obstante, sus representaciones cuentan con un “texto” o estructura de una historia que ellos denominan “entrada” o “humor” que es más o menos invariable y que la misma puede ser utilizada por diversos cómicos sin atribuirse autoría a ninguno.  La circunstancia y los detalles de la historia que envuelven a estas estructuras pertenecen, sin embargo, a la experiencia vivida del cómico y a los hechos que suceden en el momento de la narración e improvisación. Por lo tanto, a diferencia del libreto o la historia dramática que en el teatro tradicional se suele dar importancia, en la comedia callejera se privilegia al agente productor del discurso y la historia narrada. En ese sentido, como señala Vich (2010), “mucho más que realizar un tipo de teatro callejero, los cómicos ambulantes son performers pues durante sus actividades lo fundamental reside en la libertad con la que se manejan las historias narradas”, pero además entendiendo como performance la “escenificación que pone al descubierto las normas sobre las cuales se construye la realidad social subrayando el papel activo que el sujeto ejerce en su propia constitución” (p. 50). Nos detendremos entonces sobre esa conciencia que los cómicos tienen acerca las lógicas de la modernidad puestas en tensión en sus representaciones.

(Flautín, cómico ambulante de la Alameda Chabuca Granda)

La modernidad tensionada por la oralidad

Como habíamos mencionado, la oralidad cobra protagonismo en la performance de los cómicos, que a través del uso de la palabra hablada retratan diversos aspectos de la realidad social en debate como las clases sociales, la raza, el género, la cultura y la tradición letrada, debates enmarcados en una modernidad occidental puesta en tensión y reconfigurada en el encuentro que posibilitó la migración con otros sistemas epistémicos y tradiciones de convivencia.  Son las plazas y los parques lugares donde los cómicos construyen y deconstruyen los estereotipos sociales, convirtiéndose por tanto en instancias políticas de producción y reproducción simbólica donde una única modernidad es cuestionada y donde los agentes populares disputan la hegemonía de la representación a otros agentes e instituciones oficiales.

Organizados también en la Asociación de Cómicos Ambulantes del Perú (ASOCAP), trasladan del plano discursivo al plano político parte de esta agencia popular, manteniendo diversos sistemas colectivos de cooperación y participación solidaria, aparato con el cual negocian frente a las autoridades del orden y la administración pública. De esta manera contradicen las ideas de caos, desorden, ilegalidad y delincuencia con que es imaginada la informalidad y con ella a los cómicos.  

(Fotografía del Primer Festival de la Comedia Callejera 2014, que agrupó a los cómicos del Parque Universitario y la Alameda Chabuca Granda. En la imagen también aparece Jorge Acuña, homenajeado durante dicho evento)

Por consiguiente, se trata de un espectáculo producido y dirigido al sector popular. Entre el público asistente que Vich (2010) pudo reconocer durante el tiempo que convivió con los cómicos a fines de la década del 90 se encuentran tres tipos de personajes que al día de hoy siguen estando presentes: “jóvenes estudiantes de los institutos técnicos que abundan por el centro de Lima, vendedores ambulantes que deciden darse un descanso durante algunas horas, y desocupados que caminan por las calles de Lima buscando trabajo” (p. 33). Habría que añadirle un nuevo personaje que son los ancianos que vagabundean por las calles Lima en busca de distracción, sector generacional que en los últimos 15 años sufrió un incremento acelerado.

A través de las historias que narran y representan los cómicos -historias de discriminación, violencia y desigualdad-, se va construyendo un campo de enunciación subalterno respecto del poder y del Estado, donde lo popular asume su propia voz y representación. Por eso, la oralidad se constituye como algo más que la expresión comunicativa. Se asume como una herramienta política y diferencial frente a la cultura de lo letrado y la letra en el teatro tradicional, diferencia que parte de su condición socioeconómica y étnica (Vich, 2010).  Los usos orales son habilidades y estrategias con que los cómicos negocian con la modernidad.

(Cómicos ambulantes del Parque Universitario. Fotografía Joselyn Rodriguez)

De esta manera el debate de la modernidad en el Perú ya no pertenece exclusivamente a la clase intelectual que antiguamente se reunía en el Palais Concert o posteriormente retozaban en el Parque Universitarios. Fueron desalojados de estos lugares por nuevos agentes populares como los cómicos ambulantes que dan cuenta de “otro” tipo de modernidad contemporánea diferenciada de la modernidad letrada. Una modernidad asumida desde una condición social, étnica y de clase que a través de la oralidad establece un contraste con las prácticas culturales de una modernidad occidental anclada en los imaginarios tradicionales de la ciudadanía en el Perú puestos en tensión por nuevos sujetos modernos de lo popular fundados en el proceso de la migración del campo a la ciudad.



[1] La construcción del Palais Concert estuvo a cargo de la firma de ingenieros de Gustave Eiffel quien construyó la célebre Torre Eiffel a finales del siglo XIX en París.

[2] En Perú se conoce popularmente como “pollería” a los restaurantes donde se vende un tradicional plato a base de pollo cocido a la brasa, acompañado de papas fritas y ensalada.  

[3] En los años 60 las universidades públicas peruanas experimentan un proceso de democratización y ampliación del acceso al sector popular históricamente excluido. También, en el año 1966, la Universidad Nacional Mayor de San Marcos abandona su antigua casona ubicada en el Parque Universitario trasladándose a la que ahora es su ciudad universitaria ubicada entre las avenidas Venezuela y Universitaria, en los márgenes del antiguo cercado de Lima.

Bibliografía

Degregori, Carlos Iván (2013). Del mito de Inkarri al mito del progreso: migración y cambios culturales. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

INEI.  (1995). Portal web Instituto Nacional de Estadística e Informática. Obtenido de Migraciones internas en el Perú (documento digitalizado): https://www.inei.gob.pe/media/MenuRecursivo/publicaciones_digitales/Est/Lib0018/n00.htm

     (2018). Portal Web Insituto Nacional de Estadística e Informática. Obtenido de http://m.inei.gob.pe/prensa/noticias/lima-alberga-9-millones-320-mil-habitantes-al-2018-10521/#:~:text=Al%20conmemorarse%20el%20483%C2%B0,mil%20habitantes%2C%20al%20a%C3%B1o%202018.

Matos Mar, José (1984). Desborde popular y crisis del Estado. El nuevo rostro del Perú en la década de 1980. Lima: Instituto de Estudios Peruanos.

Vich, Victor (2010). El discurso de la calle. Los cómicos ambulantes y las tensiones de la modernidad en el Perú. Lima: Fondo Editorial Pontificia Universidad Católica del Perú, Instituto de Estudios peruanos, Universidad del Pacífico.

 


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